Guggenheim, un proyecto de país
es un artículo del miembro de la RED VASCA ROJA Alfontso MTZ LIZARDUIKOA publicado en el nº de GARA del 17 de julio de 1999
Alfontso Martínez Lizarduikoa Doctor en Ingeniería. Filósofo
Ya nadie se atreve a criticar el label bilbaino. Las cuentas salen. Más de millón y medio de visitantes reflejan que los presupuestos rebasan las cotas más optimistas. Todo son alabanzas. Parece que al fin ya no existe la más mínima diferencia entre un museo de arte, un estadio de fútbol o una prueba de ciclismo internacional como el Tour.
Todas ellas son empresas realizadas en torno al dinero y cuyo único referente es el balance económico.
El arte posee al menos tres niveles de referencia: la creación propiamente dicha, la transmisión (incluida la gestión) y el disfrute individual y colectivo. La creación es una fase en la que el individuo (el artista) crea un lenguaje nuevo y es capaz de llegar a niveles de comunicación no alcanzados antes por nadie. Esto es al menos lo que nos quieren hacer creer. Sin embargo, las cosas no han sido siempre así. Sin ir más lejos, en nuestro pueblo (lo mismo que en otros con profundas raíces antropológicas), la creación artística ha sido fundamentalmente colectiva o, siendo fruto individual, al menos tenía que encarnar las necesidades de la colectividad para ser considerada como arte. Existen aún pueblos en los que a sus artistas se les desprecia si hacen gala de su creatividad individual, ya que la máxima referencia de lo artístico es la colectividad y no el individuo. Estos pueblos con dicho comportamiento evitan que el arte pueda serles enajenado y pase del dominio público al privado del individuo o de la casta.
Pues bien, en el arte contemporáneo el hurto del protagonismo social es la norma. La sociedad no puede decidir qué quiere y para qué lo quiere. En la visión del arte capitalista se rompen los vínculos estéticos colectivos y se entroniza al artista de élite como un nuevo dios (el único capaz de entender, dicen, el críptico lenguaje de la estética). En este arte elitista la firma es lo fundamental de la obra, y el prestigio de la firma se construye sobre el marketing y la promoción. De esta manera nos encontramos con una nueva fase en la evolución (que no progreso) del arte: ha nacido la arquitectura de autor. Es así como el Gobierno vasco elige mediante un concurso superrestringido a Gehry para realizar el Guggenheim. El nombre del arquitecto es parte del negocio. Está meridianamente claro que varios arquitectos vascos podrían haber desarrollado buenos proyectos también (con mayor conocimiento sobre nuestra idiosincrasia que Gehry), pero no habrían podido vender en el extranjero (se nos dice).
Y entramos así en una nueva fase. El capitalismo no sólo sustrae el arte a la colectividad, sino que transforma después dicho robo en un negocio privado. Negocio en el que el pueblo, doblemente enajenado, habrá de transformarse además en un consumidor pasivo. Este arte ya no es un instrumento de comunicación o de disfrute social, se ha transformado en mercancía. Y así llegamos al nivel de la transmisión. El arte se socializa, no a través de juegos y rituales colectivos de profundo contenido cosmológico, como se hacía hasta hace bien poco en muchos pueblos como el nuestro, sino por medio de emporios multinacionales (como la fundación Guggenheim) que vehiculizan su rapiña a través de las burgue-sías compradoras locales (léase en nuestro caso, Gobierno vasco). Rapiña en la que la privatización de dinero público será la base del proyecto y cuyos costes impedirán, además, el desarrollo de un arte popular vasco desde nuestras señas de identidad.
Nos encontramos pues ante una situación de colonialismo cultural puro y duro, a pesar de los buenos balances económicos.
Pero es que, además, y aquí entro en el último nivel (el del disfrute individual), el monumento del sacerdote-arquitecto Gehry es un monstruo que choca frontalmente con los experimentos estéticos que el Pueblo Vasco ha ido desarrollando desde el lejano paleolítico hasta la actualidad, desarrollo simbólico en el que nuestro pueblo ha diseñado su propio estilo a través de elementos arquitectónicos y culturales que adquieren valor en la medida en que insinúan y conforman los espacios, espacios a los que luego el pueblo como sujeto culturalmente activo habrá de dotar de uso y contenido. Aún recuerdo con cariño y respeto las palabras de un arquitecto municipal ya jubilado cuando afirmaba que "la buena arquitectura es aquélla que sabe diluirse en el paisaje urbano".
Esa arquitectura del silencio, tan querida por Oteiza desde la escultura o por Pío Baroja desde la literatura, es la antítesis de la obra de un Gehry monumental al que tienen miedo hasta en su propio país donde, al parecer, quiere diseñar una segunda versión del Guggenheim bilbaino, y al que las autoridades urbanísticas han prometido estrecho seguimiento para que no altere el tejido urbano de Washington, como lo ha hecho con el de Bilbao. La arquitectura vacía está diseñada para ser vivida por un público activo el cual ocupándola le dará sentido, todo lo contrario de la arquitectura llena del Guggenheim, acabada y diseñada para un turismo apático, indolente y enajenado, pero con dinero, que es de lo que va esta historia. Una vez más se ha escamoteado al Pueblo Vasco y a los habitantes de Bilbao un modelo de arte y de ciudad pensando en sus ciudadanos, una vez más nuestros recursos han sido (y siguen siendo) dilapidados sin control, y una vez más hemos de llorar que aquí y ahora no exista un proyecto de país (a pesar de los balances). Quos- que tandem? *